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Si pudiera recogerte en mi memoriacon los restos que aùn me quedancon mis ojos ya por ahìdonde yacen los niños muertos de verguenzacon espinas ajenas a su ruborsi pudiera recordarte toda en mìcon tus ojos de armadura celesteque el cielo sin saberlo borròtu ahì recordàndome que fuistequizà plazuela o quizà fuentecon tus sueños escritos por mitadescon tu nombre forma extraña del secretosi pudiera saber que un dìa fuistey asì se acabara mi historiasabiendo que no sòlo soy el cuentode un niño muerto de verguenzayo colgado de tus mejillassombra incierta de mis deseoslimadura despierta de lo que es.
Harto de tu querer sin sencilloy de tanta pena sin sombraviajando en barcos de làmparas quietasdonde dos llagas se destrozan a pico limpiobajo un tosco clamor de risas maltrechasno puedo sino llorar a mar abiertoporque te quiero y aùn te cantopara ya tu mañana de luz y cieloy tus colores nunca antes vistoscolores de fuentes que ya te vierony amores que nunca fueronquizà mañana màs tardecuando el mar sea màs grande y màs ciertopronto a dormirse en còmoda fuentecuando tus ojos se abran asì de claroste vuelvas a mì con tu lunar y tu frentecon tu amor saliendo de rematey tu corazòn rodando de costado.
La relaciòn firme y entrañable que hoy llevan adelante la bella mujer de los crespos hechos y el pobre hombre de capa caìda, puede ser explicada por la cada vez màs fuerte prevalencia de los emblemas diversificados, que hoy màs que nunca se nutren de las fuentes escritas que aparecen cada mañana en la periferia de lo desconocido (lo que los poetas surdos llaman "deslumbramiento antagònico"). Hasta ahora era imposible imaginar la perfectibilidad subyasente en la maraña de lo meramente existente o lo puramente sensible. Me explico: lo que tenuemente puede ser visto dentro del rango medio de la longitud celeste, entre la nebulosa que duerme y el corazòn que late, es el ambiguo signo de interrogaciòn, que puede ser caricia que envuelve o sonrisa que calla. La vida, tal como la vemos desde Galileo, no es sino el nacimiento continuo, en cadena y por escrito, del tren serio, tan venido a menos, de cara al mañana que espera y al misterio que encierra (lo que los acadèmicos llaman "prevalencia unificada"). Que no nos extrañe, pues, el florecimiento aligerado que la naturaleza, en su noble afàn constitutivo, pergeña, cada vez con màs ahinco, para hacer de este mundo casa señera de elavada ìndole.